«Parece que nadie lo pueda entender.
Estoy mal.
Estoy mal como un perro pero parece que a nadie le importa.
Todos subestiman … o peor, se burlan.
“¡¡Tenés 20 años pibe!! ¡¡Jugás al fútbol en uno de los equipos más grandes del país!!!¿De qué te quejás?”
También escuché “tenés mucha más plata que los pibes de tu edad!!! De qué te quejás!!
Más todavía ” ¡¡¡sos un lindo muchacho… podés tener todas las minas que quieras!!! ¿De qué te quejás? “
Gracias a todos.
De verdad… gracias de todo corazón.
Solo que no se que hacer de los comentarios estúpidos, comparaciones superficiales y consideraciones idiotas que hacen.
Y mucho menos de la racionalidad de mierda.
A la DEPRESIÓN le importa un carajo de la razón.
La DEPRESIÓN es como una puta con mucha experiencia.
Te clava la mirada… alguna seña.
Te rodea con paciencia… despacito.
No le das mucha importancia.
Crees saber como tenerla lejos.
Después, de repente, te das cuenta.
Y es demasiado tarde.
Estás poseído por ella.
Sos suyo.
No se si fueron muchas las pruebas que tuve que enfrentar en estos poco más que veinte años.
Solo se que fueron demasiadas PARA MI.
Tal vez soy solo débil y temeroso frente a la vida.
Quién sabe…
Quisiera ser como mi hermano.
Tiene un par de huevos grandes como una casa!!!
San Lorenzo, “nuestro” equipo, donde crecimos juntos, lo tiró como un par de zapatillas viejas después de 14 años en el club.
Se lo dijeron el último día de contrato.
¿Creen que mi hermano se dejó caer, se sintió ofendido, humillado y frustrado? ¡¡¡Ni ahí!!!
Mi hermano sencillamente se buscó otro equipo.
Solo.
¿En Argentina no hay lugar para él?
¡Se tomó un avión y se fue a jugar a Paraguay!
Yo nunca hubiera sido capaz.
Jamás.
Dicen que soy bueno jugando al fútbol.
En San Lorenzo se preocupan por mi.
Me sentí siempre deseado, protegido… mimado.
Me quieren incluso ahora.
Aunque si los ligamentos de mi rodilla se rompieron.
Sucedió en un partido con la tercera.
En cambio el año pasado, no tenía todavía 20 años, jugaba de titular en primera.
Ya jugué 47 partidos en San Lorenzo e hice 6 goles.
Muchos equipos, en Argentina y en el exterior, se interesaron por mi.
No obstante los 10 millones de dólares que cuesta mi pase.
Pero después todo empezó a andar torcido.
En el fútbol y sobre todo en la vida.
Y ahora me siento vacío.
Sin fuerzas.
No tengo más ganas de empezar todo de nuevo.
¡Lo único que me faltaba era esta maldita rodilla!
No tengo más ganas de luchar.
Unos días atrás se lo dije también al técnico, Oscar Ruggeri.
Es una excelente persona.
Pero tampoco él, como los demás, lo entiende…
No PUEDE entender.
Si no lo pasaste te parece totalmente inconcebible.
“¿Pero cómo puede ser pibe? ¡Tenés todo aquello que se puede desear!”
Etcétera, etcétera, etcétera…
Se los dije al principio.
Todos tratan de explicarte, ayudarte, apoyarte, consolarte con la RACIONALIDAD.
Pero a la depresión, de la razón, le importa un carajo.»

Mirko Saric vendrá encontrado colgado en su habitación el 4 de abril del 2000. No tenía todavía 22 años. Encontró su cuerpo la madre, que fue a la habitación preocupada por la demora del hijo para bajar a almorzar. Mirko era, como se dice en Argentina, la “joya” de las inferiores de San Lorenzo.
Había literalmente quemado todas las etapas siendo, a solo 18 años, titular inamovible del club de Boedo. Un físico perfecto.
190 centímetros y 80 kilos de peso. Una visión de juego, una técnica y una elegancia de primer nivel. ¡Y qué tiro con el pie izquierdo! Potente y preciso, capaz de centros a la cabeza como de repentinos cambios de frente de 30 o 40 metros. Titular indiscutido con Ruggeri (el gran defensor central de Argentina campeón mundial en el 1986) como técnico. Con un futuro al vértice del fútbol argentino y una transferencia a cualquier prestigioso Club europeo que sería sólo cuestión de tiempo… tal vez meses.
Antes que todo empezara a andar torcido. Una primera lesión al tobillo. La recuperación y de nuevo una lesión. Casi cómica por su dinámica. ¡Llevado por delante, mientras calentaba, por el carrito con la camilla que entra a la cancha para los lesionados! En la vida privada las cosas no van mejor. Más bien peor. Mirko empieza a salir con una chica. La chica equivocada.
El  tiene la fila esperándolo al final de cada entrenamiento. Ella en cambio tiene una linda serie de vicios. El menor de todos es el de acostarse prácticamente con cualquiera. Nace un hijo. Mirko hace de padre y de madre a la vez. Se hace cargo totalmente en todos sus momentos libres fuera del fútbol. Ella, en cambio, no aparece casi nunca. Al final el “golpe de gracia”. El hijo no es suyo.
Mirko esta vez tambalea de verdad. Después cae y le cuesta mucho levantarse. La familia lo sostiene. “Sos joven, tenés toda la vida por delante Mirko”.
Mirko, que fue siempre introvertido, se cierra en sí mismo. Falta también a algunos entrenamientos. Pierde el puesto de titular. Pero en San Lorenzo confían en él, lo esperan. “En el fondo es sólo un chico y a esa edad ciertas cosas hacen mal… pero después el tiempo cura todo” piensan en el Ciclón. Y mientras juega en la tercera, contra River Plate, la rodilla se hace pedazos. Rotura de ligamentos cruzados.
Mínimo 6 meses parado. Y ese momento en Mirko se rompe algo. Dentro. Y después también un accidente automovilístico, sale ileso pero el auto queda destruido.
Para Mirko es demasiado. Piensa que nada vaya de la parte justa. Que nada le funcionará jamás…
La familia recuerda ese período con mucha aprensión a punto tal que las evidentes señales de una depresión ahora en toda su regla convencen a ellos y a los dirigentes de San Lorenzo a recurrir a una atención especializada.
Mirko inicia un camino terapéutico. Y en ese momento se comete el error más común en estos casos; pensar que estar en terapia es equivalente a curarse. También la preocupada llamada al padre de Mirko de parte de Ruggeri, la noche misma de la charla que mantuvieron, viene tomada con un poco de ligereza.
“Gracias Oscar, pero Mirko es así. Tiende a agrandar todo” le responde el padre.
“Un psicólogo lo está siguiendo, verás que se solucionará todo”.
La solución en cambio, dramática y definitiva, la encontrará Mirko Saric en un tibio día de abril, colgado a una sábana en su habitación.

(traduzione di Fernando Merindol)